Bucear en el lago que había al
lado de casa, correr desnuda por la verde hierba, montar a caballo a través del
bosque y subirse a la montaña que se reflejaba en las cristalinas aguas que, de
vez en cuando, descansaban mansas después de kilómetros de rápidos y recodos.
Cada día elegía uno de esos momentos, se
quitaba la cofia que oprimía su, ahora, afeitada cabeza y, tumbada en el
camastro de la descascarillada celda, se dejaba invadir por sus recuerdos.
Entonces era cuando disfrutaba de la libertad.
Cuando estoy triste escribo, y cuando estoy alegre. Cuando me asalta la melancolía y cuando los miedos me atenazan. Cuando me amas, cuando no me amas, cuando te amo, cuando no te amo, cuando no puedo dormir. Y cuando no me hablas… escribo.
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