Podía ver como jugaba con
las piernas por debajo de la mesa de cristal, juntando y separando las rodillas
a las que no llegaban a cubrir la falda de encaje azul celeste que hacía
destacar su piel morena. Cuando, con gran esfuerzo, apartaba la mirada de aquella
visión, sus labios, en los que se dibujaba una roja sonrisa burlona, le
recordaban que ella nunca sería suya.
Cuando estoy triste escribo, y cuando estoy alegre. Cuando me asalta la melancolía y cuando los miedos me atenazan. Cuando me amas, cuando no me amas, cuando te amo, cuando no te amo, cuando no puedo dormir. Y cuando no me hablas… escribo.
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